Friday, February 19, 2010

bañador

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Un disco perfecto para el verano.
Tan rico como un Bazooka Sport de naranja.
Puro pop.

Linda Mirada. China Es Otra Cultura*.

En mi coche nos iremos a bailar...

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Monday, February 15, 2010

shot

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Thursday, February 11, 2010

valpo

!

Veraneando en Chile.
Pescados. Pisco Sour. Un río que se llama Mapocho.
Noches frescas para caminar por Santiago. O en Valparaíso, que es de todos los colores y a la tardecita se ilumina de a poco.
Comimos mucho "a la italiana", que es mucha palta y tomate encima de lo que sea. Nos preguntábamos por qué las bebidas nunca estaban frías, sino ligeramente frescas. Porqué los edificios empiezan en el primer piso, y se saltean la planta baja. De mañosos nomás.

...porque yo quiero bailar, con un ritmo más nocturno, más profundo, más sensual... Basta ya de minimal*.

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Monday, February 08, 2010

woods

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Canciones para hacerme compañía mientras espero -y me crece la barba-.

Peasant*.

Tiene dos discos. Uno más lindo que el otro:
Fear Not, Distant Lover (2005)*
On The ground (2009)*.

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Sunday, February 07, 2010

chicle

Los ombligos son de chicle.

Al menos eran de chicle cuando era chiquito.

Mi mamá* me decía que el ombligo era un chicle que tenía pegado en la panza. Nunca le pregunté cómo había llegado ahí, y nunca me explicó esa parte tampoco. Tal vez ella misma había estado masticando chicle cuando me tuvo, y lo primero que hizo cuando me vió, fue sacarse el chicle de la boca y pegarmelo en la panza. No me sorprendería.
Pero la cosa no terminaba ahí. Cuando salíamos de casa, y ella no quería que mi hermana y yo nos nos alejemos mucho, hacía con los dedos como que nos pellizcaba el chicle de la panza -el ombligo-, y lo estiraba hasta pegarlo en algo. Un buzón en la calle, ponele. A mi hermana y a mí nos daba tanta impresión imaginarnos que el ombligo se nos estiraba, que nos quedábamos quietos en el lugar. Asustadísimos. ¡Se podía cortar! Tampoco recuerdo qué me imaginaba que podía pasarme si mi ombligochicle se estiraba tanto que se cortaba, pero la imagen me producía tanta impresión que lo último que hubiese hecho era moverme para averiguarlo. Había otro detalle a tener en cuenta, crucial: sólo la persona que pegaba el ombligo de otro en algún lugar podía despegarlo y devolverlo sano y salvo a su sitio -la panza, claro-. Si mi mamá me pegaba el ombligo en la góndola de los fideos, tenía que esperar que vuelva ella para despegarlo. Y mientras tanto, ahí me quedaba, tratando que nadie se lleve por delante mi ombligo. Porque esa era otra tragedia posible. Mi rango de acción era muy limitado; y el riesgo, enorme.
Así nos torturábamos con mi hermana. Nos agarrábamos el ombligo y lo pegábamos en cosas o paredes, y lo dejábamos ahí. Era terrible. Era pedir por favor, rogar. Nos extorsionábamos. Eramos crueles, porque nada se podía comparar con el dolor infinito de un ombligo que se estira hasta cortarse. O al menos en nuestra imaginación, nada se podía comparar con eso. Nada nos dolía tanto como imaginarnos ese dolor imposible. Hasta que un día empezamos el colegio, y nos olvidamos que teníamos un chicle pegado en la panza.

Mi hermana va a ser mamá. Lo cual me hará tío. Lo cual traerá al mundo un nuevo chicleombligo para jugar.
Tal vez no todos los ombligos sean de chicle, pero el de mi sobrino seguro que sí.

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